Sofía Araya, enóloga de Veramonte

“La pandemia me generó la excusa para tener el tiempo y el espacio para desarrollar más mis dotes culinarias”

Al tener dos hijos pequeños, tuvo que ir dejando de lado la cocina pese a que le encantaba hacer sus propias preparaciones. Hoy, con el encierro que ha traído el virus, pudo retomar esta pasión e incursionar en la repostería francesa y en distintos tipos de panes fermentados.

El amor por el vino de Sofía Araya comenzó́ a temprana edad, cuando observaba en las reuniones familiares la mesa llena de un sinfín de alimentos y la infaltable copa de vino. Una costumbre que, al comenzar a ir a las casas de sus amigos, notó que no era parte de todas las familias.

Por eso, cuando se graduó del colegio y su abuelo -quien era técnico agrícola en San Fernando- le regaló un libro de enología, le despertó aún más la curiosidad por el mundo del vino, por lo que con el tiempo decidió entró a estudiar agronomía a la Universidad de Chile. Justamente, la figura de su abuelo determinó lo que sería su carrera profesional y, aunque falleció hace un poco más de 10 años, lo recuerda con gran admiración y profundo cariño, y cuenta que con él aprendió a tomar vino y a probar todo tipo de quesos.

Hoy, la enóloga cuenta cómo ha sido trabajar y pasar la cuarentena en familia, es decir, con dos hijos pequeños y su marido, con quien comparte profesión. Según cuenta, este tiempo le entregó la posibilidad de aprender nuevas recetas y preparaciones como diferentes tipos de panes y preparaciones dulces.

“Creo que la gente hoy está valorando la tierra, porque esta generación nunca se había visto en la exigencia de permanecer encerrados”.

El plato de su vida

La hoja del choclo emana un olor que traslada a la enóloga a su infancia. A esos veranos en que pasaba largos días en la parcela de sus abuelos, “ahí teníamos mucho contacto con la naturaleza y con la cocina también, entonces, ese aroma de cuando pelábamos choclos y luego los molíamos para hacer humitas o pastel de choclo, me recuerda mucho a mis abuelos”.

En ese período donde se quedaba en la casa de sus abuelos, también tenía la oportunidad de compartir con sus primos, con quienes pasabas muchas horas jugando al aire libre, justamente, lo que no pueden hacer muchos niños en la actualidad debido a la pandemia. “Creo que la gente hoy está valorando la tierra, porque esta generación nunca se había visto en la exigencia de permanecer encerrados”, opina, agregando que mucha gente que vive en departamentos se ha dado cuenta que “estar en contacto con la tierra marca la diferencia”.

“Mi abuelo fue quien me presentó el vino, entonces, por eso él es una imagen tan potente en mi vida, porque hoy me dedico a eso”.

Con quién compartiría

“Con mi abuelo aprendí a comer todo tipo de quesos, incluso los que no tienen tan buen olor”, cuenta Sofía. Cuando ella tenía seis años, su abuelo le daba a probar quesos camembert y así fue incursionando con más edad diferentes sabores, texturas y olores, algo que queda muy bien también con distintas cepas de vino. “Mi abuelo fue quien me presentó el vino, entonces, por eso él es una imagen tan potente en mi vida, porque hoy me dedico a eso”.


Entonces, si hoy tuviera que elegir con quién sentarse a comer una rica tabla de quesos con un buen vino, sería con su abuelo: “Me comería un queso francés bien hediondo con una copa de vino, sería el panorama ideal, y me encantaría contarle lo que ha sido mi vida en este tiempo en que él no ha estado”. Piensa un momento, y añade que le gustaría conversar también sobre él, ahora con una mirada adulta y madura, y “conocer cómo fue su vida en los años donde a él y mi abuela les tocó vivir un Chile diferente, en otro contexto, y cómo era su vida en San Fernando, donde él vivía. En el fondo, conocer cómo era la vida y las cosas importantes en esa época”.

“No podría ser vegana, vegetariana quizás, pero vegana no. Yo no tranzo los quesos, no me interesa dejarlos”.

Sabores del mundo

A los 33 años, Sofía hizo un viaje al Tíbet, Nepal e India, donde descubrió, entre otras cosas, que le fascina la comida picante. Se hizo fanática del Saag Paneer, un plato de espinacas con un queso local, y del Lassi de plátano, un tipo de batido de frutas.

“Cuando volví del viaje, a los meses, me invitaron a probar un restaurante indio. Hasta ese momento pensaba que me cargaba la comida muy especiada y picante y que en India había sufrido mucho con eso. Sin embargo, cuando me traen mi Saag sin picante me di cuenta que algo me faltaba”, rememora.

Este fue un viaje que hizo sola donde reconoce que tuvo que vencer miedos y prejuicios de lo que significa viajar de esa forma, ser responsable y saber disfrutar sólo de su compañía. “Crecí en una familia muy católica, pero abrirme a conocer que hay otras visiones que son igual de válidas, me hizo acercarme a la espiritualidad de lo que yo había aprendido de pequeña”, cuenta.

Qué sí y qué no

En la medida que ha pasado el tiempo, la enóloga reconoce se le ha hecho más fácil subir de peso que bajar de peso. Aunque más allá de una cosa de estética, hace un par de años se sometió a un régimen alimenticio donde pudo darse cuenta qué nutrientes le hacían mejor que otros.

“Si bien yo no soy ni vegana ni vegetariana, soy preocupada de no comer alimentos procesados. Como mucha verdura cruda, todo muy casero, harto fermentados, no consumo azúcar y solo sal mineral”, cuenta. A la vez, al trabajar en un viñedo, reconoce que poco a poco se hizo más importante para ella conocer el origen de los alimentos y, por lo mismo, “cada vez como más estacional y menos cosas importadas. Por mucho que me encante el mango, trato de no comerlo porque no es local”.

Sobre placeres culpables, dice que no perdona el café, el chocolate y las pastas con quesos, por lo mismo, “no podría ser vegana, vegetariana quizás, pero vegana no. Yo no tranzo los quesos, no me interesa dejarlos”, dice riendo.

“Tengo dos guaguas, entonces el tiempo no abundaba, pero como estábamos encerradas estaba la excusa perfecta para aprender. Ahí me di cuenta que amasar es terapéutico, casi un proceso meditativo”.

En la cocina

“La pandemia me generó la excusa para tener el tiempo y el espacio para desarrollar más mis dotes culinarias”, reconoce. Y aunque con su familia antes del Covid-19 no perdonaban los almuerzos o las cenas familiares, hoy dice que eso se ha afiatado aún más porque tiene el tiempo para poder desarrollar nuevas preparaciones, su preferida: el pan de masa madre.

“Tengo dos guaguas, entonces el tiempo no abundaba, pero como estábamos encerradas estaba la excusa perfecta para aprender. Ahí me di cuenta que amasar es terapéutico, casi un proceso meditativo y de paso fortalecemos brazos”, bromea.

Así fue como se comenzó a levantar todos los días a las seis de la mañana a cocinar marraquetas o sus pancitos de pan de masa madre para el desayuno. Por otro lado, pudo incursionar en la repostería: “Como no comemos tanta azúcar, cuando lo hacemos tratamos de que sea elaboración nuestra, entonces aprendí a hacer macarrones, pasteles franceses, me quedaban muy lindos”.

 

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