Juanita Ringeling, actriz:

“La cadena alimentaria está muy ligada a la justicia social y ambiental”

Hace 12 años que no come en un lugar de comida rápida, tampoco compra en el supermercado. Acercarse al activismo socio medioambiental le hizo replantear su forma de vivir y hoy sólo compra y consume alimentos que hayan tenido una cadena limpia y justa.

El viaje hacia una alimentación consciente y saludable ocurrió de manera paulatina en la vida de Juanita Ringeling. Y es que este cambio se dio por activismo más que por cuidar el físico, ya que según explica la actriz, “la cadena alimentaria está muy ligada a la justicia social y ambiental, y eso fue quizás lo más importante para entender por qué era importante conocer el origen del alimento que voy a servir en mi mesa”.

Poder tener la seguridad de que la cadena de un alimento haya sido más limpia y justa sólo es posible si se conoce quién cosechó una verdura o quién hace ciertas preparaciones, comenta Ringeling. Por lo mismo, en otras entrevistas ha dicho que no es muy devota de los supermercados, ya que en esos lugares no hay nada que ella compre o necesite.

Es así que no come carne, o muy poca, porque “es una de las industrias más contaminantes y el 96% de los animales que pisan la tierra son animales de pastoreo. Al final, le estamos quitando todo el territorio a otros animales y eso me hizo pensar que no quería ser parte de esa cadena”, admite.

Además, ocurre que en el mundo y en Chile hay mucha obesidad, añade, “y eso demuestra que nos estamos llenando, pero no alimentándonos. La comida sana no tiene por qué ser aburrida, por el contrario, puede ser muy deliciosa”.

Hoy pasa la pandemia en Cachagua junto a su pareja y cerca de su familia, lugar donde nació y creció. A diferencia de vivir en ciudad, tiene más espacio para poder hacer plantaciones de verduras que le gustan, y ha formado un huerto pequeño donde se provee de lechuga, arvejas, acelga, cilantro, hinojo y caléndula. “Mis papás hicieron un huerto más grande para todos y obviamente es más eficiente, porque hay hartas manos ayudando. De ahí he sacado hartas cosas como zapallitos, choclo, tomate y coles de bruselas”, cuenta.

“La comida sana no tiene por qué ser aburrida, por el contrario, puede ser muy deliciosa”.

El plato de su vida

Cuando el choclo está a punto de ser extraído de la mata, emite un olor que a muchos les recuerda el verano por su cantidad de preparaciones en la cocina local. Ese aroma transporta a Juanita Ringeling a su infancia en Cachagua, cuando podía ir ella misma a sacar diferentes verduras de la huerta familiar. También le recuerda cuando llegaba Carmelo, un señor que cultivaba choclos y zapallos italianos. “Él cultivaba las mejores verduras, de hecho, tengo recuerdos de estar comiendo arvejas crudas sentada a su lado. Cada vez que me llega un choclo nuevo o por alguna razón me acerco a una plantación, mi mente viaja a esa época y a Carmelo, este ser mágico que tenía manos milagrosas con la tierra”, cuenta.

Las preparaciones con choclo le encantan, pero lejos sus favoritas son las humitas y los porotos con mazamorra. “El pastel de choclo también me encanta, pero en general como nada o muy poca carne, así que lo hago en base de champiñón y berenjena, y queda muy rico”, añade.

“Me he ido adecuando a acceder a las cosas que quiero, pero buscando una versión saludable”.

Con quién compartiría

“Si estuviera en la situación mágica de compartir un buen plato de porotos granados sería con Alexander von Humboldt”, dice Ringeling. El geógrafo, astrónomo, humanista, naturalista y explorador prusiano le “abrió los ojos” a la actriz respecto a que la conciencia ambiental y temas como el calentamiento global se vienen advirtiendo desde hace muchos años. “Me leí uno de sus libros y me pareció que era un hombre muy interesante, hablaría sobre sus viajes por América y qué mejor que con unos porotos, que tienen mucha identidad de nuestro continente”, observa.

“(La comida rápida representa todo lo que no es saludable ni para una economía justa ni una forma justa de alimentar a una ciudad”.

Sabores del mundo

Hace 15 años, Ringeling viajó al Sudeste Asiático con un par de amigas. Según cuenta, esta experiencia le abrió un mundo culinario al que en Santiago -lugar donde vivía en ese entonces- no tenía acceso. “En ese viaje conocí la comida tailandesa, vietnamita y camboyana, y aluciné, me encantó”, cuenta.

Hoy en las grandes capitales, como Santiago, es más fácil acceder a comidas gracias a la cultura que insertan los inmigrantes. Por eso, cuando la actriz vivía en Los Ángeles, California, pudo descubrir la “Little Etiopía”, un sector donde muchos etíopes abrieron sus restaurantes para ofrecer comida de su país. “Cuando estuve allá me hice muy activa de ese barrio, su comida es increíble y muy distinta a lo que había probado. Primero, en la manera en que se come: generalmente es un canasto donde hay unas masitas que hacen de bandeja a la vez y con eso vas sacando con la mano los diferentes guisos que ponen encima. Es realmente delicioso”, relata.

Qué si y qué no

El estilo alimenticio que lleva Juanita viene desde hace muchos años, y aunque dice que no hubo un punto de quiebre para acercarse a la alimentación consciente y saludable, una condición en su intestino le impidió comer ciertas cosas y eso terminó por llevarla a por este camino.

Ahora cuenta que, si tuviera que elegir un placer culpable, sería un mote con huesillos. Aunque no come azúcar hace muchos años, cuando tiene la posibilidad de probar uno siempre es endulzado con miel. “Me he ido adecuando a acceder a las cosas que quiero, pero buscando una versión saludable”, comenta. Otro podría ser las papas fritas de sobre: “Cuando voy a un encuentro social y hay, como y no puedo parar, pero jamás me las compraría para mí como snack, pero si las ofrecen en una reunión, por supuesto las voy a comer”.

Algo que definitivamente no podría comer sería algo hecho por cadenas de comida rápida. “La última vez que comí fue hace 12 años y no lo volvería hacer, principalmente porque representa todo lo que no es saludable ni para una economía justa ni una forma justa de alimentar a una ciudad”, opina, agregando que, si ella decide comprar comida, prefiere llevar ese dinero a un restaurante local esperando que tengan procesos más limpios y donde la comida sea comida real. “Soy de la idea de que hay que comer de todo, pero real. Uno va a un supermercado y un pan en su etiqueta dice que tiene 21 ingredientes, cuando un pan debería tener harina, agua, sal y nada más”, puntualiza.

Así fue como Ringeling vio una oportunidad en el mercado y nació Soul Bar: un snack saludable, sin sellos ni aditivos, sin azúcar añadida y 100% vegano. “Impresionantemente ha habido harto mercado, entonces sí hay un vacío por llenar de productos saludables”, asegura.

“Hay que comer de todo, pero real. Uno va a un supermercado y un pan en su etiqueta dice que tiene 21 ingredientes, cuando un pan debería tener harina, agua, sal y nada más”.

En la cocina

En general le gusta cocinar, pero admite que la pandemia le exigió hacerlo en mayor demanda porque no preparar algo por un día no era opción, sobre todo en el momento más álgido de la crisis sanitaria. Así fue como se aventuró con lo dulce: “He hecho harta fruta al jugo porque tengo un peral y un durazno al lado de mi casa y botan harta fruta. También, leches vegetales y un brownie a base de camote, azúcar de coco y mucho chocolate. Al final, la pandemia me dio ese tiempo de probar preparaciones dulces y siempre con la misión de que sean saludables”.

Pero no sólo eso: para aprovechar las verduras que crecían en su casa, buscó una receta de empanadas de acelga con avena, “quedaron verdes y con un sabor increíble”.

Por Constanza Garín L.

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